La Herencia del Temple: El mito y la verdad.
Escrito por
Franklin Higuerey
Comenzamos este artículo aclarando que, si bien no existe evidencia documental definitiva que conecte a ambas organizaciones de forma ininterrumpida, el vínculo simbólico y legendario constituye un pilar fundamental de los ritos masónicos y de sus mitos fundacionales. Historiadores destacados de la masonería, como José Antonio Ferrer Benimeli, han desmontado la conexión, insistiendo en estudiar la masonería a través de fuentes científicas y no a través de la mitología templaria.
Esta conexión se debe, en gran medida, a la influencia de masones como el Caballero de Ramsay, quien propuso que las logias eran el renacer de la antigua Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón. Es crucial recordar que los templarios fueron perseguidos y exterminados por el rey Felipe IV de Francia (apodado «el Hermoso»), el monarca más poderoso de la dinastía de los Capetos en su época. El impacto de vincular a la Masonería con una orden proscrita resonó con fuerza en la sociedad francesa y en la Iglesia Católica; de hecho, este vínculo místico pudo haber motivado — en parte — la hostilidad papal que derivó en bulas de excomunión contra la Masonería (‘’In eminenti’’ en 1738 por el Papa Clemente XII), similares a las que en su día sentenciaron a los Templarios (Vox in excelso en 1312).
La Orden del Temple se originó hacia el año 1118-1119 (formalizada en 1120) como respuesta a la inseguridad en Tierra Santa tras la Primera Cruzada. Aunque dicha cruzada fue exitosa en sus objetivos militares, dejó un escenario de desconcierto debido a la desorganización de los fieles que acudieron al llamado del Papa Urbano II en el Concilio de Clermont (1095).
Tras la victoria, se establecieron cuatro Estados Latinos de Oriente:
- El Reino de Jerusalén.
- El Principado de Antioquía.
- El Condado de Edesa.
- El Condado de Trípoli.
Para salvaguardar estos territorios y proteger a los peregrinos, surgieron órdenes militares como los Caballeros Hospitalarios y, posteriormente, los Templarios, fundados por Hugo de Payns y Godofredo de Saint-Omer. La orden recibió el reconocimiento oficial de la Iglesia en 1129, durante el Concilio de Troyes, bajo el pontificado de Honorio II.
Pilares Fundamentales de la Orden
Para comprender el fenómeno templario, es necesario desglosar sus tres dimensiones principales:
- Orden Militar: Actuaron como la fuerza de choque de élite de la cristiandad en Oriente.
- Institución Financiera: A través de sus encomiendas o preceptorías distribuidas por Europa y Oriente, crearon un sistema de crédito y salvaguarda de bienes similar al de los banqueros lombardos o las redes comerciales judías.
- Orden Eclesiástica: A pesar de su carácter guerrero, eran monjes que debían obediencia directa al Papa. Cabe acotar que, más adelante en la historia, la relación entre la monarquía francesa y el papado se volvería tan tensa que derivó en el Papado de Aviñón (Esto es otra historia), periodo en el que la sede pontificia se trasladó a Francia.
El Fin de la Orden y la Acusación
Tras la disolución de la Orden en 1312 y la ejecución en la hoguera de Jacques de Molay, su último Gran Maestre, en 1314, el Temple quedó grabado en la memoria histórica como víctima de un proceso judicial viciado. Se les acusó, sin pruebas fehacientes, de sacrilegio, herejía, sodomía y de escupir sobre la cruz durante sus ritos de iniciación. Asimismo, surgió el mito de Baphomet, una supuesta deidad que adoraban en secreto; hoy en día, muchos historiadores sostienen que este nombre podría ser simplemente una deformación fonética de «Mahomet» (Mahoma). Esta teoría sugiere que, tras décadas de convivencia en Oriente, los templarios habrían adoptado —o al menos comprendido— ciertas ideas religiosas del Islam, lo cual fue utilizado en su contra por la Inquisición.
Sin embargo, es evidente que la desaparición del Temple respondió a intereses geopolíticos y financieros. Al ser una potencia militar y la mayor institución bancaria de la época, la Orden representaba una amenaza para las monarquías europeas. Gozaban de privilegios eclesiásticos que los exime de tributar a los reyes y poseían un ejército mejor equipado que el de cualquier monarca. Además, la Corona francesa y otras casas reales mantenían deudas masivas con la Orden. En este escenario, el Papa Clemente V, un pontífice francés profundamente influenciado por la dinastía de los Capetos, resultó ser el instrumento ideal para los planes de Felipe IV.
A pesar de su poderío, los templarios no se alzaron en armas ni organizaron una defensa militar contra su arresto; mantuvieron la esperanza de que el Papa intervendría en su favor, algo que nunca ocurrió. Para el papado, cercenar la institución también supuso un alivio ante el creciente poder autónomo del Temple. Tras la caída de Acre y la pérdida de su base en Chipre, el ideal de recuperar Tierra Santa se había convertido en una entelequia, dejando a los monjes guerreros sin su propósito original y a merced de sus acreedores.
Para la Masonería moderna, la historia de los Templarios es una lección moral. Felipe IV representa el despotismo y la ambición política. Clemente V representa la debilidad ante el poder temporal. Jacques de Molay representa al iniciado que prefiere la muerte antes que traicionar sus principios o revelar sus secretos. Esta narrativa encaja perfectamente con el ideal masónico de combatir la ignorancia, el fanatismo y la tiranía. La Masonería se ve a sí misma como la heredera de esos «perseguidos» que custodiaban una verdad que el poder político de la época no podía tolerar. Podríamos concluir que la Masonería no es «hija» biológica del Temple en términos de documentos notariales, pero sí es su «hija espiritual». Tomamos de ellos:
- La organización interna (Logias/Preceptorías).
- La mística del Caballero (convertir al hombre rudo en un caballero de la moral).
- La protección del conocimiento frente a quienes intentan destruirlo por intereses económicos o políticos.
Para comprender por qué la masonería del siglo XXI sigue estrechamente ligada a la figura del Temple, es necesario desgranar un relato que oscila entre la epopeya histórica y la construcción intelectual. La narrativa más arraigada nos traslada a la Escocia de 1307, donde los caballeros que huían de la hoguera habrían encontrado refugio bajo el ala de Robert the Bruce. Según esta tradición, el Temple no desapareció, sino que se diluyó en los gremios de constructores —los masones operativos—, aportando su mística caballeresca a la estructura de las logias y dejando en la arquitectura de la Capilla de Rosslyn un rastro mudo, pero elocuente, de esa transición entre la espada y la escuadra.
Sin embargo, el rigor histórico nos obliga a mirar también hacia el Siglo de las Luces, momento en que esta unión se consolida como un fenómeno de identidad cultural. En la década de 1730, cuando la masonería comenzaba a poblarse de intelectuales y aristócratas, figuras como el Caballero de Ramsay buscaron elevar el linaje de la institución más allá del simple oficio manual. Al vincular las logias con las Cruzadas, se logró transformar una hermandad de constructores en una orden de caballería ética, dotándola de un aura de nobleza y de un propósito heroico que encajaba a la perfección con las aspiraciones de la Ilustración europea.
Hoy, la historiografía moderna sugiere que, más allá de una descendencia sanguínea difícil de probar documentalmente, existe una herencia funcional y un potente «efecto espejo». La masonería se reconoció en el Temple al verse a sí misma como una organización perseguida por el dogmatismo y el absolutismo de su tiempo. Ambas instituciones comparten una estructura jerárquica y una vocación internacional que trasciende fronteras; por ello, la conexión no nace de un acta notarial, sino de una profunda afinidad de causa y de la necesidad de habitar un mito que otorgue sentido a la lucha contra la opresión del pensamiento.
En última instancia, el espíritu templario sobrevive en nuestras logias no como un anhelo de rescatar castillos o tesoros enterrados, sino como un compromiso vigente con la libertad de conciencia. No buscamos glorias materiales, sino custodiar ese «tesoro» simbólico que representan el conocimiento y la justicia social. Somos, en esencia, constructores que empuñan la ética para levantar un templo donde la razón no pueda ser encadenada por ninguna tiranía, manteniendo viva la llama de un ideal que, lejos de ser un recuerdo del pasado, sigue siendo nuestra brújula en el combate cotidiano contra la oscuridad.
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