Kant. La Conciencia y las neurociencias.
Escrito por
Wilmer Acosta
En 1781, en el prefacio a la primera edición de la Crítica de la razón pura, Immanuel Kant anota lo que él mismo denominó un «giro copernicano» para la filosofía. Así como Copérnico demostró que los astros no giraban alrededor del espectador terrestre, sino que era la Tierra la que se movía, Kant postuló que el conocimiento no se modela pasivamente a partir de los objetos del mundo exterior, sino que son los objetos los que deben regularse por las estructuras cognitivas del sujeto. Para el empirismo clásico, la mente era una tabula rasa; para el racionalismo extremo, un compendio de ideas innatas desligadas de la corporalidad. Kant fracturó ambas posturas al proponer un sujeto activo cuya razón organiza, dimensiona y unifica el caos de las impresiones sensoriales.
Durante más de dos siglos, este planteamiento fue considerado una genialidad de la metafísica neta, puesto que fue una deducción lógica desprovista de un correlato biológico. Sin embargo, con el auge de la neurociencias en las últimas décadas se ha comenzado a revelar que la estructura funcional del cerebro humano opera bajo principios asombrosamente kantianos. El cerebro no es un espejo que refleja la realidad de manera directa, sino un constructor de realidades. Es un ente probabilístico que proyecta categorías internas sobre el entorno para hacer posible la experiencia.
Para Kant, las tres grandes fuentes cimentadoras de la razón son: la percepción espacio-temporal, la imaginación productiva y la apercepción trascendental. Estas encuentran un correlato empírico y epistemológico en los descubrimientos contemporáneos sobre el procesamiento predictivo, la cronocepción y la neurobiología del sí mismo [YO].
La Estética Trascendental
En la primera sección de la Crítica de la Razón Pura, Kant introduce su tesis de las «formas puras de la intuición»: el espacio y el tiempo. Para el filósofo de Königsberg, ninguno de estos dos elementos posee una existencia óntica independiente en el mundo físico «allá afuera». Espacio y tiempo son apriorísticos, es decir son el software nativo de la mente; las condiciones de posibilidad que preceden a cualquier experiencia sensorial. No percibimos el espacio y el tiempo, sino que percibimos los objetos en el espacio y en el tiempo.
La neurociencia contemporánea ha validado esta hipótesis mediante el descubrimiento de sistemas neurocomputacionales dedicados exclusivamente a proyectar estas coordenadas. En el ámbito espacial, las investigaciones de John O’Keefe, May-Britt Moser y Edvard Moser -ganadores del Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 2014- demostraron la existencia de las llamadas células de lugar –place cells– en el hipocampo y células de red –grid cells– en la corteza entorrinal. Estas neuronas no reciben pasivamente una geometría externa; por el contrario, disparan impulsos eléctricos construyendo una cuadrícula topográfica y matemática abstracta que el sujeto proyecta sobre el entorno. El cerebro genera su propio mapa euclidiano para que la locomoción y la ubicación de los objetos tengan coherencia.
El fenómeno de la cronocepción, es decir la percepción del tiempo, es aún más radical en su naturaleza kantiana. El cerebro carece de un órgano sensorial específico para el tiempo; en su lugar, se comporta como un sistema cronométrico descentralizado. En escalas de milisegundos, el cerebelo y los ganglios basales computan ritmos mediante intrincadas oscilaciones neuronales. En escalas macroscópicas, la corteza prefrontal y la corteza insular integran información mnémica y visceral.
Desde la perspectiva neurobiológica, el tiempo es una construcción retrospectiva y artificial. Debido a que las señales sensoriales viajan a diferentes velocidades a través del sistema nervioso -la luz activa la retina más rápido de lo que los impulsos mecánicos del pie alcanzan la corteza somatosensorial-, el cerebro retiene activamente los estímulos más veloces y espera por los más lentos, editando la experiencia en un búfer temporal para generar una ilusión de simultaneidad. Experimentamos un «ahora» unificado porque el sistema cognitivo impone el tiempo como un molde unificador, confirmando el postulado kantiano de que el tiempo es la forma del sentido interno y el marco donde el caos sensorial adquiere orden cronológico, «Ordo ab chao».
La Imaginación
La segunda columna que cimenta la razón es la imaginación -Einbildungskraft-, a la que Kant divide en reproductiva -asociada a la memoria- y productiva -aquella que proporciona el esquema que conecta las intuiciones puras con los conceptos abstractos del entendimiento-. La imaginación productiva es un agente dinámico: no se limita a evocar imágenes del pasado, sino que esquematiza, lo que permite al intelecto más o menos anticipar y categorizar el mundo antes de que este se manifieste plenamente ante los sentidos.
Esta noción encuentra su equivalente científico más robusto en la teoría del procesamiento predictivo –predictive processing-, desarrollada por figuras como Karl Friston y Andy Clark. La neurociencia clásica concebía al cerebro como un sistema bottom-up -de abajo hacia arriba- donde los ojos, los oídos y la piel enviaban información al cerebro para que este la procesara secuencialmente. El modelo predictivo invierte esta jerarquía: el cerebro es un órgano eminentemente top-down -de arriba hacia abajo-.
De acuerdo con Friston, el cerebro busca constantemente minimizar el «error de predicción» o energía libre. Para lograrlo, la Red de Modo Predeterminado –Default Mode Network– y la corteza prefrontal generan un modelo interno del mundo basado en expectativas y experiencias previas. Lo que llamamos percepción es, en realidad, una «alucinación controlada»: el cerebro proyecta un esquema imaginativo/proyectivo sobre la realidad y utiliza los datos sensoriales periféricos únicamente para corregir las discrepancias del modelo. La imaginación productiva de Kant, vista a través del procesamiento predictivo, es el mecanismo computacional por el cual el cerebro teoriza continuamente sobre su entorno para no verse desbordado por el flujo entrante de información.
La Apercepción Trascendental
El núcleo de la teoría de la mente en Kant radica en la Apercepción Trascendental, definida como la autoconciencia o la unidad sintética de la conciencia. Kant argumentaba que para que una multiplicidad de intuiciones -un color, una textura, un sonido- se convierta en una experiencia coherente, todas ellas deben estar ligadas a la condición del «YO pienso». Este «YO» no es una substancia metafísica con alma cartesiana, sino un principio formal y funcional de unificación: es el hilo conductor que posee la experiencia. Sin la apercepción, los datos de los sentidos carecerían de un sujeto que los experimentara, disolviéndose en la nada cognitiva.
En el campo de la neurobiología de la conciencia, el neurocientífico António Damásio ha desarrollado un modelo evolutivo del Sí mismo –Self– que resuena profundamente con la tesis kantiana del sujeto unificador. Damásio propone que la conciencia no surge de la nada, sino de una estructura tripartita asentada en la biología del cuerpo:
- El Proto-sí mismo (Proto-self): Mapas neuronales inconscientes en el tallo cerebral y el hipotálamo que monitorizan el estado interno del organismo -homeostasis-.
- El Sí mismo central (Core self): Una estructura que emerge en el «aquí y ahora» cuando el organismo interactúa con un objeto externo. El cerebro cartografía el impacto de ese objeto sobre el Proto-sí mismo, generando una sensación primitiva de propiedad de la experiencia. Aquí nace la conciencia central.
- El Sí mismo autobiográfico (Autobiographical self): La identidad narrativa construida a través de la memoria a largo plazo y las proyecciones futuras, coordinada por áreas corticales de alto nivel.
El Sí mismo central de Damásio es la traducción biológica de la apercepción trascendental. Resuelve lo que en la ciencia cognitiva se conoce como el Binding Problem -el problema de la unificación-. ¿Cómo es posible que áreas visuales procesen el color en la zona V4 del cerebro, la forma en la corteza temporal inferior y el movimiento en el área V5, pero el sujeto experimente un único objeto integrado flotando en el espacio? La respuesta neurobiológica concuerda con Kant: porque el cerebro genera una referencia central —el mapa del sí mismo interactuando con el objeto— que dota de un marco unitario a la experiencia.
Vale decir que Damásio introduce una corrección vital a la abstracción kantiana. Mientras que para Kant la apercepción es una operación puramente intelectual y formal de la razón, Damásio demuestra que este nexo unificador es profundamente afectivo y somático. La autoconciencia comienza como un «sentimiento de lo que sucede», una monitorización emocional de las vísceras y el cuerpo. El «Yo pienso» está irremediablemente anclado a un «Yo siento» en la corporeidad.
Así pues, el cerebro es, fundamentalmente, un órgano kantiano: una máquina biológica diseñada no para reflejar pasivamente una realidad preexistente, sino para construir de manera activa, temporal, espacial y unificada, el único universo que nos es dado conocer.
Referencias Bibliográficas
- Clark, Andy. (2013). Whatever next? Predictive brains, situated agents, and the future of cognitive science. Behavioral and Brain Sciences, 36(3), 181-204.
- Damásio, António. (2010). Y el cerebro creó al hombre: ¿Cómo el cerebro evolucionó para crear la conciencia humana? Editorial Planeta.
- Friston, Karl. (2010). The free-energy principle: a unified brain theory? Nature Reviews Neuroscience, 11(2), 127-138.
- Kant, Inmanuel. (2006). Crítica de la razón pura [Traducido por Pedro Ribas]. Editorial Taurus. [Obra original publicada en 1781/1787].
- Moser, Edvard. Kropff, Emilio. Moser, May-Britt. (2008). Place cells, grid cells, and the brain’s spatial representation system. Annual Review of Neuroscience, 31, 69-89.
Comentarios (0)
No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
Deja un comentario
Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *