El Canto del Gallo.

Tulio Fuentes

Escrito por

Tulio Fuentes

16 de junio de 2026
5 min de lectura

¿Recuerdan aquella noche, ya sea por lectura, material fílmico o por tradición orálica, en donde Pedro negó a Jesús? Imagínense por un momento esa escena, es la madrugada más fría del año en Jerusalén. El aire está cargado de tensión y en el patio del Sumo Sacerdote, las antorchas proyectan sombras danzantes sobre los rostros de soldados y sirvientes. Pedro, el discípulo más valiente, que había prometido morir antes que negar a su maestro, está ahí temblando de miedo. 

         Todos conocemos esta historia, Jesús había advertido a Pedro: antes de que cante el gallo me negarás tres veces. Y efectivamente, después de las tres negaciones el gallo cantó. Pedro recordó las palabras de Cristo y lloró amargamente. Pero existe una pregunta que cambia todo lo que creíamos  saber respecto de este bíblico acontecimiento.

         Para ese tiempo en Jerusalén no podía haber gallos. No me refiero a una interpretación mía teológica, estoy hablando de un hecho histórico documentado que hace que toda esta  historia cobre una dimensión completamente distinta, un detalle arqueológico y cultural que revela una profundidad que pocos han descubierto. Ubiquémonos en la última cena, la pascua había terminado, Jesús  había lavado los pies de sus discípulos y ahora caminaban hacia el monte de los olivos bajo la luz de la luna llena. Pedro con esa confianza que lo caracterizaba acababa de declarar algo que le salía del corazón, aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré. Imaginemos el rostro de Pedro, lleno de determinación con sus ojos brillando con una lealtad que él creía inquebrantable. Pero Jesús conociendo el corazón humano mejor que nosotros mismos le responde con una profecía que debe haber  helado la sangre de Pedro: «De cierto os digo que esta noche antes de que el gallo cante me negarás tres veces », según Mateo capítulo 26 versículo 34.

         ¿Pueden imaginar el impacto de esas palabras? Pedro el pescador valiente que había dejado todo para seguir a Jesús, el mismo que había confesado: tú eres el Cristo, el hijo del Dios viviente, ahora escuchaba que lo negaría antes del amanecer. Pero Pedro insistió, aunque me sea necesario morir contigo no te negaré. Y todos los discípulos dijeron lo mismo. Sin embargo había algo en las palabras de Jesús que Pedro no entendía completamente, cuando el maestro mencionó el canto del gallo no se estaba refiriendo exactamente a lo que Pedro pensaba, pero aquí está lo extraño que pocos saben. Según las leyes judías  de la época, en Jerusalén no podía haber gallos, era literalmente imposible. Entonces si no había gallos en la ciudad santa ¿qué fue lo que realmente escuchó Pedro aquella madrugada?  Aquí es donde la historia se vuelve fascinante. 

         Los rabinos de la época tenían reglas muy específicas sobre de que animales podían criarse en Jerusalén y estas reglas estaban escritas en la Mishná, una colección de leyes judías orales que se compilaron siglos después. ¿Por qué no había gallos en la ciudad santa? La razón nos sorprende, los gallos escarban en la tierra con sus patas y al hacerlo podían desenterrar impurezas, rituales que contaminarían la ciudad donde estaba el templo de Dios.

         Imagine lo serio que era esto para los judíos, Jerusalén no era solo una ciudad cualquiera, era el lugar donde habitaba la presencia de Dios, cada detalle de pureza importaba grandemente. Por esta razón y el tratado de Baba Kamba de la Mishná que prohibía criar gallos no solo en Jerusalén sino en toda la tierra santa de Israel. Los arqueólogos han confirmado esto estudiando los restos de basura de la época del segundo templo encontrando huesos de palomas, de ovejas, de cabras, pero ni un solo hueso de gallo en los estratos correspondientes al tiempo de Jesús. Esto significa que cuando Pedro escuchó ese canto del gallo en el patio del Sumo Sacerdote, no podía estar escuchando el canto de un ave, era físicamente imposible que hubiera un gallo cantando en Jerusalén esa madrugada.

         Pero entonces, si Jesús sabía perfectamente estas leyes judías, ¿por qué usó la expresión antes de que cante el gallo? La respuesta revela una dimensión completamente distinta de esta historia. Resulta que los romanos que controlaban a Jerusalén en esa época tenían algo que sonaba exactamente como un gallo, pero no era un gallo, ellos tenían un sistema militar muy organizado. Dividían cada noche en cuatro vigilias o turnos de guardias. La primera, la segunda, la tercera y la cuarta.

         Los soldados romanos hacían sus formaciones en la fortaleza Antonia que estaba justo al lado del templo, cada tres horas exactamente cuándo cambiaban de guardia sonaba una trompeta militar que despertaba a los  nuevos soldados y alertaba a toda la ciudad de que  había un cambio de turno, lo extraordinario es que cuando sonaba la trompeta al final de la tercera vigilia alrededor de las tres de la madrugada, este toque  militar tenía un nombre específico en latín, los romanos lo llamaban «GALLICINIUM» que literalmente significa «EL CANTO DEL GALLO». Jesús no estaba hablando de un ave, estaba usando una expresión que todos en Jerusalén conocían perfectamente. El sonido de la trompeta romana o diana en la actualidad, que marcaba el final de la tercera vigilia era como si hoy Jesús dijera: antes de que den las tres de la madrugada me negarás tres veces. Es por ello que, a pesar de que en Jerusalén no había gallos, Pedro entendió perfectamente a que se refería Jesús. Y al oír ese sonido, Pedro comprendió su  debilidad en el corazón, de ahí el porqué de su  profundo y triste llanto, era el despertar de su conciencia.

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