La anomia y el deber: Una relectura de la identidad venezolana frente a la ley

Wilmer Acosta

Escrito por

Wilmer Acosta

27 de abril de 2026
6 min de lectura

La relación del venezolano con la ciudadanía ha sido, históricamente, un terreno pantanoso. Oscila entre una reverencia formalista que se agota en el papel, y una transgresión cotidiana que se justifica bajo el manto de la «viveza» o la necesidad. Para profundizar en esta idea, debemos primeramente afirmar que este fenómeno no es únicamente sociológico sino que se extiende a planos ontológicos. 

Así, para la construcción de este ensayo resulta imperativo acudir a dos pilares del pensamiento crítico en Venezuela: Carlos Rangel y José Manuel Briceño Guerrero. Ambos, desde perspectivas distintas pero que se vuelven complementarias, nos permiten desentrañar por qué el ciudadano venezolano a menudo se encuentra en una tensión permanente con el buen ejercicio de la ciudadanía.

El mito de la inocencia

Carlos Rangel en «Del Buen Salvaje al Buen Revolucionario»se dedica a desmontar mordazmente el mito que ha cimentado la psique colectiva del venezolano. Sostiene que la historia de América hispana está marcada por una incapacidad recurrente de asumir la responsabilidad individual, prefiriendo en cambio, refugiarse en la ilusión que los males de la sociedad son ajenos —producto de la colonización o del imperialismo— y ello derivando en la creencia que la solución definitiva proviene de un redentor externo. Esta estructura mental explica en gran medida la actitud deportiva ante la ley. Si el individuo se percibe como una víctima perpetua del sistema – es el «Buen Salvaje», citando la tesis de Tomás Moro, corrompido por estructuras externas-, la ley deja de ser un contrato social para la convivencia y pasa a convertirse en un instrumento de opresión o, en el mejor de los casos, en un obstáculo que debe ser sorteado para sobrevivir. La ley no se percibe como una construcción propia y necesaria, sino como algo impuesto. Finalmente, la transgresión no se siente como una falta moral, sino como un acto de resistencia o de astucia necesaria. Esta visión alimenta al «buen revolucionario», una figura mesiánica que, sin importar el tinte político, promete el paraíso a cambio de la entrega total de la libertad y del sentido común.   

Bajo estos postulados, la ley es lo primero que debe sacrificarse en el altar de la «causa», puesto que la causa está por encima de la norma. El resultado es un ciudadano que espera que el Estado-Paternalista resuelva sus carencias, mientras él se exime de cumplir sus obligaciones cívicas.

El laberinto de las identidades inconclusas     

Por su parte, José Manuel Briceño Guerrero sugiere una fragmentación cultural que representa en «El Laberinto de los Tres Minotauros». Briceño Guerrero identifica tres fuentes -o discursos- fundamentales de la identidad: el europeo, el mantuano y el salvaje, los cuales conviven en una tensión no resuelta. El individuo transita un laberinto donde las normas occidentales -la ley escrita, el racionalismo- chocan constantemente con estructuras de pensamiento mágico y el autoritarismo heredado, creando entonces una profunda desconfianza hacia las instituciones. Cuando la ley, que es eminentemente un producto racional del pensamiento europeo, intenta imponerse sobre un sustrato de cosmovisiones que valoran más la lealtad personal -el caudillismo- que el cumplimiento del deber general, el resultado es la anomia. En este laberinto, el ciudadano siente que la ley es un lenguaje extranjero que no termina de traducir a su realidad cotidiana.

Briceño nos dice que la falta de una tradición ciudadana coherente genera una suerte de orfandad cultural. Al no sentir que las instituciones nos pertenecen, puesto que las percibimos como disfraces ajenos que nos han sido impuestos; el venezolano tiende a la improvisación. La ley es, en este contexto, un elemento foráneo, una máscara que usa el individuo para cumplir con el mundo, pero de la que se despoja en la intimidad de la cotidianidad para actuar según el instinto o la conveniencia. Este laberinto no permite la estabilidad del ciudadano de bien porque, en el fondo, el individuo se siente un extranjero en su propia tierra, siempre a la espera de un atajo que le saque del entuerto.

La construcción del ciudadano en el taller

El comportamiento del individuo ante el ejercicio de la ciudadanía, es bajo las visiones analíticas de Rangel y Briceño, el síntoma de una enfermedad de identidad y de la perversión absoluta de la esperanza. Sin embargo, creo posible salir de tales arenas movedizas si se cambia la percepción profundamente nihilista ante la ley.

La francmasonería por su parte no ofrece una receta política de aplicación masiva, sino una metodología de formación de carácter. En la institución el individuo es emplazado a la práctica constante de la moral, la disciplina y las buenas costumbres. Se le enseña que la libertad no es el desenfreno romanticista del «Buen Salvaje», sino la capacidad de autogobernarse. El masón entrena su voluntad. Así pues, la libertad es praxeología, y no algo heredado por antonomasia en los genes de una «raza cósmica» como sugirió José Vasconcelos. 

Cuando el masón ingresa a Logia, no lo hace para huir del mundo, sino para entrenarse en él. El buen masón es, por definición, amante de su país y respetuoso de las leyes; elementos que bajo juramento acepta cumplir. Esta práctica cotidiana —el ejercicio altruista, respeto profundo al prójimo y al bien común— es un entrenamiento para la vida pública. Pero a diferencia del ciudadano que obedece por miedo a la sanción o por imposición, el masón obedece porque ha internalizado que la libertad solo es posible bajo el imperio de la ley.

Así pues, en esta escuela de filosofía y ciudadanía se fomenta la transmutación de la teoría del derecho en un hábito práctico. Pienso que si el venezolano lograra trasladar la ética del taller a la Polis —comprendiendo que el orden no es la ausencia de conflicto, sino el afrontamiento justo a través de reglas claras y respetadas por todos, como alguna vez fue instaurado por Solón en Atenas—estaríamos ante el inicio de una verdadera reconstrucción social. 

Es a través de la acción consciente y el respeto como un acto de dignidad que entenderemos que el contrato social es la herramienta más pura que hemos creado para que, en medio de nuestras diferencias, podamos construir un espacio común donde todos tengamos un lugar.

Referencias bibliográficas:

  • Del Buen Salvaje al Buen Revolucionario (1976)Carlos Rangel. Editorial Monteavila.
  • El Laberinto de los Tres Minotauros (1996)José Manuel Briceño Guerrero. Editorial Monteavila.
  • La Utopía (1516). Tomás Moro. Ediciones Beers & Politics.
  • El Contrato Social (1762). Jean Jacques Rousseau. Editorial Pensamiento Ilustrado.
  • La Importancia de Atenas y Solon para la Democracia y el Estado Moderno. [Documento electrónico] Derecho y Realidad, 17 (34), 93-113Jorge Patiño Rojas.
  • Poetas de la Libertad (1789). [Documento electrónico]. Fiedrich Schiller.
  • Masonería Práctica. Humberto Camejo Arias.

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Comentarios (1)

Logia Federico II

Logia Federico II

28 de abril de 2026

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