DETALLES ACERCA DE LA FILOSOFÍA 9. La escuela agustiniana

Héctor Saldivia

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Héctor Saldivia

15 de abril de 2026
3 min de lectura

San Agustín de Hipona (350 – 430) fue un doctor de la Ley en la Iglesia, que imbricó la fe y la razón; se opuso al donatismo, al maniqueísmo y al pelagianismo. Sus obras principales son “De civitates dei” y “Confesiones”, junto a sus Cartas y a La Trinidad, posiblemente su obra maestra pero poco conocida.

Cuestionó la fe impuesta y propuso una fe fundad en la razón, luego de ser un lector de los neoplatónicos (probablemente a Plotino y a Porfirio). Afianzó sus postulados en que “Dios es luz, sustancia espiritual de la que todo depende y que no depende de nada”. Fue dictaminado como uno de los Padres de la Iglesia, que según los teólogos posee las cuatro características esenciales para ser designado como tal: “ortodoxia, santidad de vida, aprobación eclesial y antigüedad”.

El cristianismo debe la presencia de la filosofía en su seno gracias a dos figuras como lo fueron Clemente de Alejandría y a Orígenes, teólogos formados en las escuelas de Alejandría y en Antioquía respectivamente, la primera de corte platónica y la segunda aristotélica. Pero es con el ingreso de Aurelio Agustín (San Agustín) cuando se concilian definitivamente la filosofía y la teología en la iglesia católica. Sus postulados fortalecieron al cristianismo que le considera “Doctor de Gracia” y “Padre de la iglesia latina” o de Occidente.

Está escuela prima a favor de la relación entre “el alma perdida por el pecado que posteriormente es salvada por la gracia divina” en contraposición de la percepción tomista o escolástica en la cual observamos la fe y la razón coexistiendo para alcanzar la verdad por cualquiera de ambas vías.

Podría decirse que la esencia cognoscitiva de esta escuela es una frase que expone: “Cree para comprender, comprende para creer», con esta dualidad se entrelazan la fe y la razón. El espiritualismo agustiniano termina por enfrentar la tendencia cosmológica proveniente de la concepción griega clásica, aún y cuando en sus inicios se sintió atraído por el neoplatonismos. Fue coetáneo de San Jerónimo de Estridón, quien tradujo la biblia desde el hebreo y del griego, al latín.

Su propuesta de la búsqueda del hombre en la dimensión profunda del ser o en el plano del espacio interior donde confluyen el alma, la verdad y Dios. Es un hito en sus escritos la frase «Noli foras ire, in teipsum redi” que traduce “No quieras ir fuera, entra dentro de ti mismo” y que invita a la interiorización en el análisis y en la esencia, a una reflexión que te acerca a la verdad inmutable, a la sabiduría y a Dios.

Con lo precedente, se afianza que la interioridad es el espacio trascendente donde el hombre se reconoce a sí mismo y entiende su mutabilidad, desde la cual puede elevarse hacia el Ser Supremo.

Está concepción unifica tres conceptos que fortalecen la fe, desde la razón, como lo son la verdad, la búsqueda interior y la presencia divina de Dios. Una concepción que refrescó la imagen de la estructura de la iglesia, fortaleció la plataforma fundacional y abrió paso a la unificación de conceptos esenciales para la consolidación de los preceptos.

P. D. El donatismo se refiere a un cisma provocado por el obispo Donato, quien negaba valor a los sacramentos administrados por clérigos u obispos juzgados por cualquier tribunal.

El maniqueísmo, doctrina de Manēs o Manis, fue una religión rival del cristianismo fundado sobre el gnosticismo dualista que influyó sobre bogomilos y cátaros.

El pelagianismo que relativizaba el poder de la gracia, dando primacía al esfuerzo personal en la práctica de la virtud.

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