Del Arché al Síntoma
Hubo un tiempo en que el filósofo era un agudo observador del hombre y del universo. Desde la búsqueda del arché en los presocráticos hasta la arquitectura lógica de Kant, altamente influenciada por la mecánica de Newton; la filosofía se entendía como el esfuerzo supremo por descifrar la estructura profunda de la realidad. Un método riguroso de abstracción, basado en preguntas, que buscaba la quintaescencia de la verdad. Hoy quizá, el panorama es distinto. Los pensadores contemporáneos —desde el pesimismo digital de Byung-Chul Han hasta el análisis de la liquidez de Zygmunt Bauman— parecen haber puesto exclusivamente como objeto central de la filosofía a lo social y cultural.
En las lecturas filosóficas ya no se busca explicar el universo, sino diagnosticar el malestar de experimentarlo. Se ha convertido en una disciplina del «síntoma». El mundo ya no es una sustancia que comprender, sino un texto que deconstruir o un flujo de datos que criticar.
En mi opinión, el origen de este paso nace de la separación entre la filosofía y la ciencia. Creo que este hecho ha dejado un vacío peligroso. Mientras la ciencia avanza en la comprensión de la materia oscura, la neurociencia de la conciencia o la mecánica cuántica, la filosofía parece haber cedido ese territorio. El resultado es lo que Charles P. Snow llamó «Las dos culturas»: un mundo donde los científicos operan sin reflexión ética o metafísica, y los filósofos reflexionan sin datos sobre la realidad física.
Nos dice T.S. Eliot en La Roca:
«¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?
¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en información?
Nos apartan de Dios y nos aproximan al polvo.»
Esta desconexión sugiere que la filosofía no ha muerto, sino que ha quedado huérfana de objeto. El ignorar el tejido esencial del mundo, trae como consecuencia el riesgo que el pensamiento pueda volverse puramente autorreferencial y cíclico: una charla sobre charlas.
En la historia, filosofía y ciencia se han servido una de la otra para promover el avance y sofisticación del pensamiento. El conocimiento de la ciencia es el puente que la filosofía actual ha dinamitado. Al encerrarse en el lenguaje y la cultura, la filosofía ha olvidado que el pensamiento es también un proceso material. Maurice Merleau-Ponty defendía el cuerpo y la materia como la apertura al universo: Ignorar los avances de la materia limitan el mundo posible.
Reconocer como los poetas divinos que la substancia del universo es la misma en una flor, en el vino y en una estrella es quizá la visión integradora que falta en el diagnóstico posmoderno. La filosofía muere cuando deja de asombrarse ante la materia y se limita a quejarse de la técnica.
¿Ha muerto la filosofía o es solo una metamorfosis? En mi opinión lo que da la sensación de haber muerto son algunos de los otros objetos de la filosofía. Si el pensamiento no vuelve a estrechar la mano de la ciencia —como lo hizo Aristóteles con la biología o Leibniz con las matemáticas— quedará reducida a una sección de autoayuda intelectual o del activismo político. La filosofía debe volver a ser «la ciencia de las causas primeras.»
Acaso deba recordar la poderosa revelación de María Zambrano: «La filosofía está en el temblor que producen preguntas». Un buen filósofo hace un escrutinio en los temblores del universo por necesidad interna: el hecho de tener un lugar en el mundo pasa a un plano secundario. El pensador moderno habita una aldea global, donde hay cada día más distractores, redes sociales, submundos, subculturas. Es posible encontrar en las preguntas primordiales de la filosofía un refugio al bombardeo comunicacional.
No puede haber una verdadera crítica de la cultura que no entienda las leyes de la naturaleza. Como lo dijo el poeta Rainer Maria Rilke: «Debemos vivirlo todo. Vive ahora las preguntas». Quizás la pregunta por la muerte de la filosofía sea, en sí misma, el primer paso para su resurrección: el momento en que el pensamiento, cansado de mirarse al espejo, vuelve a levantar la vista hacia las estrellas y hacia la materia que nos habita.
Referencias bibliográficas:
- Charles P. Snow. Las dos culturas (1959). Ediciones Nueva Visión.
- Federico Erice. En defensa de la razón. Contribución a la crítica del postmodernismo (2020). Editorial Siglo XXI España.
- Fredic Jameson. El postmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado (1991). [Edición Kindle].
- María Zambrano. El hombre y lo divino, 2da edición (1973). Alianza Editorial.
- Nicola Abbagnano. Historia de la Filosofía (1994). Editorial Hunab Ku.
- Rainer Maria Rilke. Antología Poética (1968). [Edición Kindle].
- T.S. Elliot. La Roca. Historias del Espíritu humano (1934). [Edición Kindle].
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