Solón y Licurgo.Democracia, Estado Moderno y Occidente.

Wilmer Acosta

Escrito por

Wilmer Acosta

9 de agosto de 2026
5 min de lectura

Frente a la verticalidad pétrea de los imperios solares —donde el faraón o el emperador eran el eje inmóvil del mundo—, el Mediterráneo oriental vio nacer un prodigio de la organización social: la Polis. Entre los siglos VIII y IV a.C., los antiguos griegos abandonaron la tradicional repetición litúrgica y optaron por la razón. En el crisol de costas multiculturales, el hombre dejó de ser súbdito para convertirse en pregunta. Surgieron entonces dos respuestas y con ella dos destinos antagónicos. Se alzaron como dos rostros de una misma moneda: Atenas y Esparta.

Lo que hoy conocemos como occidente nace de una fractura, del stasis –o crisis social– una herida civil que amenazaba con devorar las ciudades-estado. Ante el abismo del conflicto, surgieron dos figuras míticas, dos legisladores que fueron, en realidad, poetas del orden social: Solón y Licurgo. Por su parte, Solón buscó la armonía entre la marcada diferencia social de los atenienses. Licurgo, en otro orden buscó la unidad en la igualdad práctica. Ambos lograron acalmar el caos, el uno sembrando la libertad en el cambio, el otro en la permanencia.

El pensamiento de Solón fue una búsqueda de la Eunomía, pero no como una imposición externa, sino como una proporción sagrada. En una Atenas asfixiada por la usura, Solón comprendió que la libertad era el aire que la ciudad necesita respirar. Su Seisactía —el sacudimiento de las cargas— no fue solo una reforma económica, fue además la abolición absoluta de la esclavitud por deudas. No menos que un acto de descolonización del alma: el cuerpo del ciudadano dejaba de ser mercancía para volver a ser sagrado. La libertad del individuo se volvía un valor inalienable.

Solón no soñaba con la igualdad geométrica, sino con la equidad posible. Al sustituir el privilegio de la sangre por el de la riqueza, abrió las puertas de la historia a nuevos actores. La política para Solón fue un organismo vivo: una asamblea -tribunal de la Heliea– de hombres que aprendían que la ley es un espejo donde todos, incluso los desposeídos, deben reconocerse. En estos tribunales, por primera vez en la historia, los pobres podían apelar a los ricos.

En el polo opuesto, Licurgo abogó por el orden teocrático establecido por el Oraculos de Delfos. Así su Eunomía es un tejido denso de sombras y rigor, dictada por la Gran Retra. Lo que para Atenas fue el ágora y el discurso, para Esparta fue el cuartel y el rito. Para Licurgo, la tensión social se curaba con la abolición de las tiranías individuales. Prohibió los metales preciosos como monedas, restándole al valor material y sentó a los ciudadanos en las sisitias, donde todos los ciudadanos comían por igual, convirtiendo así a la Polis en una sola familia y un solo ejército.

Su Agogé no fue solo una reforma educativa, fue la instauración institucional de la transmutación del individuo: el niño es instruido y formado como un constructor -y defensor- del estado, convirtiéndose en pieza esencial de una maquinaria social que prefiere la muerte al desorden. El poder en Esparta fue un equilibrio de tensiones —Reyes, Éforos y Gerusía—, se vigilaban mutuamente para mitigar cualquier atisbo de tiranía.

Estos dos modelos revelan acaso nuestra dualidad más profunda. Solón confió en la letra escrita sobre los kyrbeis –leyes públicas–, aceptando que la ley, como el hombre, debe envejecer y transformarse. Su legado fue una laicidad que nace de la duda y la participación: el ciudadano que cuestiona es el que construye la luz de la democracia.

Licurgo, en cambio, quiso que la ley no estuviera en el papel, sino tatuada en el alma por la costumbre y el mito. Su legado fue el del sacrificio total, la entrega del individuo a una comunidad de iguales que solo responde al bien común, filantropía y altruismo y a la tradición ritual.

Atenas floreció en la diversidad, aceptando la herida del cambio para alcanzar la belleza; Esparta resplandeció en la cohesión, una joya firme cuya resistencia aún nos asombra. Es precisamente esa tensión entre el viento de la libertad individual y la roca de la seguridad colectiva en la que seguimos habitando hoy los herederos occidente.

            Si dejamos permear los postulados de estos dos grandes legisladores, hasta la sociedad moderna, encontraremos algunas reminiscencias claras. Nos dice Carlos Rangel:

«Con origen en la Antigua Grecia, en sus dos legisladores esenciales se distinguen  dos liberalismos, el real y el aparente. El primero propio de los atenienses, el otro, de los espartanos, con final desenlace en Hispanoamérica. El uno viene de Atenas, la revolución gloriosa inglesa y la independencia norteamericana, y se distingue por la libertad individual dentro de un contexto de restricción gubernamental y riqueza e ilustración sociales. Su retórica libertaria remite a exitosos símbolos de prestigio como la Carta Magna, la Declaración de Derechos, la Constitución de Filadelfia, las obras de Locke, Hume, Jefferson, Madison y las enseñanzas y hazañas de Blackstone, Marshall, Lincoln y Roosevelt. En la tradición anglosajona se trata, en efecto, de la única democracia posible, la del constitucionalismo, el individualismo, la tolerancia religiosa y la propiedad privada. El otro liberalismo, en cambio, deriva de Esparta, Roma, el Renacimiento Florentino, la Revolución Francesa y las guerras de independencia hispanoamericanas, y su rasgo característico es la disciplina de la ley, el orden republicano bajo el dominio centralizado de la razón y del derecho. Esta segunda tradición no es una negación de la democracia liberal; sino más bien, su traducción autoritaria al modelo europeo continental y a los regímenes civiles latinoamericanos.»

Así pues, Solón representa los ideales de sabiduría, justicia, equidad y el establecimiento del orden a través de leyes justas. No en vano Solón está incluido dentro de los 7 sabios de la antigua Grecia. Por su parte, Licurgo representa el ideal del legislador sabio, la creación de un orden social basado en la igualdad y la virtud, y la subordinación de los intereses privados al bien común.

Referencias Bibliográficas.

  1. Jorge Patiño Rojas. La Importancia de Atenas y Solon para la Democracia y el Estado Moderno. [Documento electrónico] Derecho y Realidad, 17 (34), 93-113.
  2. Carlos Rangel. Tercermundismo. Monte Ávila Ediciones (1984).
  3. José Manuel Briceño Guerrero. El Laberinto de los Tres Minotauros. Monte Ávila Ediciones (1994).
  4. Fiedrich Schiller. Poetas de la Libertad. (1789). [Documento electrónico]
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