¿Podemos hablar de mito en estos tiempos?
Escrito por
Amado Carrillo
Si de algo ha carecido la filosofía en las últimas décadas, es la capacidad de proponer. Si en algo ha fallado la ciencia, es admitir sus propios límites sin rechazar lo que no puede alcanzar. Ante una sociedad que ha demolido a su Dios y cambia con momentáneos destellos entre ídolos revestidos de fama y consumo; ante el cambio de los templos y plazas por la pantalla del teléfono, ante una sociedad digital que es ciertamente cada vez más homogénea; nos preguntamos: ¿Aún se puede hablar de mito en estos tiempos?
Precisamente, el mito ha sido el enemigo a vencer por la razón durante siglos. La primera epopeya contada por la filosofía es aquella frase de la cual tanto la ciencia y la filosofía habían declarado una victoria “definitiva” en el hito: La humanidad ha pasado del mito al logos. Este grito de batalla que parece un verso sacado de cualquier himno, de cualquier raza, en cualquier tiempo donde se exhibe el cadáver del vencido esconde en ella la autodestrucción, y es que no había tal victoria, el ser humano comenzaba su propia decadencia luego de haber alcanzado el equilibrio entre pulsión y razón. Platón, hablando del maestro Sócrates, había puesto las bases para esa decadencia. Cuando se increpa a una persona a que constantemente justifique sus razones por la cuál hace las cosas, caemos en una necesidad constante de ponderar la acción con su propia justificación. Eso parece bastante razonable, decir que toda acción antes de existir tenga que ser defendida mediante una serie de argumentos para que esta sea válida. El problema es que esa necesidad constante de validación se convierte en una trampa para lo que actúa fuera de la razón: la intuición.
El rompimiento que hace la humanidad con el mito por la razón crea el gran desequilibrio. Este que fue aprovechado por los mitos de Medio Oriente con estructuras religiosas para hacerse del poder mediante una nueva oleada de pensamiento mitológico pero que garantizaron su validez mediante el trabajo teológico, haciendo coincidir aquellos mitos con las posturas griegas. Esto dio paso a la segunda gran derrota del mito: La salida del oscurantismo. Durante este período, el desequilibrio se profundiza mucho más que en aquella primera derrota. Los racionalistas e ilustrados, plantaron una duda tan seca dentro del mito que no fue hasta Hume, luego Kant y mucho después Nietzsche que se encargaron de denunciar los excesos de la razón que terminaron con la pérdida del mito en la vida del ser humano.
El gran luto por la muerte del mito fue cargado con la búsqueda de propósito que termina desencadenando en la oleada de los existencialistas franceses y el rescate de la metafísica por Heidegger. El ser humano pataleaba ante la ausencia de la idea de tener un creador y el peso de la nada le increpaba a hacerse cargo de sustituir al Dios con cualquier cosa.
Aun así, el mito no moría. Seguía ahí, escondido como el duende de Lorca. En aquellas habitaciones más profundas de la sangre, surfeando entre instituciones que sufrían la erosión constante producto del solitario hombre moderno. El tema con el mito es que forma parte de una dimensión que está codificada en nuestra propia esencia, ni el más fanático de la ciencia y la razón podrá jamás entender cómo trabaja esta intuición y esta forma de sacar de la nada las pulsiones más comunes entre todos los seres humanos.
Hemos basado nuestra forma de existir antigua en la narración. Las dos cosas que nos diferencian del animal son las herramientas y el lenguaje; hemos creado arquetípicamente modelos que vienen preinstalados en nuestro inconsciente, podríamos darle a eso mil nombres: inconsciente colectivo, noúmeno, mundo de las ideas, Geist, voluntad trascendente, Dasein o podemos darle el nombre que todos evitan pero que a la postre caracteriza aquel espacio que no es espacio ni tiempo: Dios. Los mitos tienen dos tipos de narraciones distinguibles pero que están presentes en toda la humanidad: 1) la creación y el fin o cosmogonía y 2) el viaje del héroe identificado por Campbell.
La ciencia se ha encargado de derrumbar la primera narración y la razón la segunda. Sin embargo, aun cuando la ciencia no ha logrado establecer la creación, prefirió que nos quedáramos sin el relato. Hoy en día constantemente vemos la muerte de los finales felices y la pérdida de la catarsis. Las narraciones intervenidas buscan la destrucción de los valores de poder y de los ritos para que tomen posesión las distintas ideologías porque el héroe no tiene cabida en una sociedad moderna, porque el héroe no debate, el héroe representa la combinación entre razón y su propia pulsión que le responde al mundo: “He hecho esto porque así lo he querido”. Esta voluntad no viene de la fuerza bruta, es la expresión de la vida que se manifiesta mucho antes que la propia razón nos pueda paralizar.
El arte postmoderno se centra tanto en el discurso que pierde igualmente la categoría de obra de arte y la relega al plano de la justificación, a objeto de estudio y a la defensa del autor. La obra de arte, que tiene su fuente en el mito no tiene rostro, no tiene autor y salta sobre los hombros de todos y vuela por encima de toda razón para decir que su existencia no tiene otra justificación que la de un artista que ha cedido ante la pulsión más básica que representa a un Dios, la de crear.
El mito ha quedado para adornar trabajos de investigación, piezas de escritura y para darle nombres a las cosas, pero todavía los latinoamericanos conservamos aquella gracia de contar y narrar las cosas, echar el mismo cuento hasta el cansancio y saber que cualquier exageración es real y que cualquier falta de fuente no es importante, porque nuestra realidad todavía tiene algo de fantástica, tiene algo de mito. Europa pasa por una grave crisis y nosotros hemos sido infectados por medio de pantallas con las nuevas trampas que la razón da para matar la acción y la voluntad. Hoy más que nunca, debemos reivindicar el mito y recordar que la vida es una lucha, que el dolor no se justifica sólo por circunstancia sino que es parte de un viaje que nos permite renacer y que la ciencia y la filosofía nunca habían estado tan perdidas desde que decidieron hacerle la guerra a su padre: el mito.
Comentarios (0)
No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
Deja un comentario
Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *