La Columna Invisible: Sístole, diástole y egregor: una aproximación poético-metafísica a la música
Escrito por
Wilmer Acosta
«La música es el verdadero lenguaje universal que se entiende en todas partes… No expresa tal o cual alegría o pena particular, sino la alegría, la pena, el dolor, el espanto, el júbilo, el regocijo, la paz del alma en sí mismos».
Arthur Schopenhauer
La música es una variación del aire donde el tiempo se vuelve cuerpo y el espacio se desmaterializa en puro latido. Como el oleaje del mar, que avanza y se retira en un diálogo perpetuo con la arena, la música habita en la frontera invisible donde la razón abdica y el inconsciente despierta. No es un objeto que se contempla ni una estructura que se descifra con el intelecto; es un fluido sagrado, un tejido transparente que sostiene la estructura del cosmos. Detrás del ruido del mundo y de las palabras con que intentamos contener lo infinito, la música permanece como la matriz originaria, el relato sonoro de que el universo no es un mecanismo ciego, sino una vibración atrapada de su propio abismo.
Para disertar la esencia del fuego intangible de la música, citaré dos filósofos en las profundidades de la filosofía del siglo XIX, en quienes el pensamiento comenzó a despojarse de sus vestiduras lógicas para encarar al Misterio. Tendremos aparentemente dos visiones contrapuestas pero unidas por el dualismo, como en la vida misma. Los extremos de este contrapunto estético son Arthur Schopenhauer y Friedrich Nietzsche. En ellos, la música encuentra doble vocación: ser simultáneamente, el bálsamo que sosiega la tormenta del ego y el relámpago que enciende la voluntad creadora. Son sístole y diástole de un mismo corazón metafísico. Un latido cósmico que encuentra reminiscencias colectivas y rituales en los Misterios de la Masonería y en la edificación invisible del egregor.
La música como el olvido del yo
En el constructo filosófico de Arthur Schopenhauer, el mundo es una herida abierta. La realidad última no es la armonía, sino la Voluntad «Wille»: un impulso ciego, insaciable, un deseo infinito que devora sus propias criaturas en un teatro de dolor perpetuo. El ser humano, atrapado en las redes del «principio de individuación», se percibe como una isla fragmentada, condenada a la oscilación trágica entre el deseo insatisfecho y el tedio anestésico. Para Schopenhauer, la razón y los conceptos no son más que herramientas de esta voluntad tiránica para perpetuar su dominio. Las artes tradicionales -la arquitectura, la escultura, la pintura- ofrecen un alivio parcial, pues reflejan las Ideas platónicas, copias lejanas de la esencia del ser. Sin embargo, la música representa una anomalía sagrada, una grieta en el muro de este determinismo. Schopenhauer postula que la música no es el reflejo de las ideas, sino la objetivación directa de la voluntad misma. Es la substancia misma de la realidad hablando en primera persona. Cuando el individuo se sumerge en la audición musical pura, ocurre un milagro metafísico: la gran expansión del espíritu. El dique del ego se rompe; las fronteras que separan al sujeto del objeto se diluyen en el aire. El hombre deja de ser un esclavo del deseo y se transforma en el «sujeto puro del conocimiento», un vidente que contempla el drama de la existencia sin padecer su veneno.
Así la idea schopenhaueriana es diástole, pues no es más que el regocijo y la paz del alma que se reconoce en el todo. No es la anulación del ser, sino su liberación temporal del yugo de la individualidad. En el acorde sostenido, en la melodía que asciende como el humo de un incienso milenario, el dolor del mundo se transmuta en belleza pura. La música actúa como un espejo límpido donde el drama universal pierde sus garras; la tormenta sigue siendo tormenta, pero ya no nos ahoga: nos eleva. Es la paz del espíritu que ha encontrado su centro en medio del naufragio.
El fuego dionisiaco y el error de la quietud
Nietzsche ve en la música el océano abierto y proceloso que convoca a la aventura. El joven Nietzsche, deslumbrado inicialmente por el maestro pesimista, termina operando una inversión radical de los valores. En El nacimiento de la tragedia, y más tarde en la fulminante lucidez de su Crepúsculo de los ídolos, nos advierte que concebir la música únicamente como un anestésico contra el dolor es traicionar su potencia originaria. «Sin música, la vida sería un error», afirma con la brevedad de una saeta. El error al que se refiere Nietzsche es la existencia domesticada por el socratismo, la ilusión de que el mundo puede ser completamente comprendido a través de la lógica y la moral.
La música es la patria de lo dionisiaco: ese torrente inconsciente y carnal de vida que brota del caos, que ignora las simetrías de la razón y que abraza tanto la creación como la destrucción. Frente a la diástole schopenhaueriana que expande el alma hasta disolverla en la contemplación, Nietzsche propone la sístole: la contracción vital, la concentración de la fuerza, el impulso que actúa como cebador de la «Voluntad de Poder». La música no es un bálsamo para olvidar el dolor: es el estímulo supremo que nos da el valor de afirmarlo, de bendecir la existencia incluso en sus aspectos más terribles y enigmáticos. La música en Nietzsche es ritmo, tensión, marcha y embriaguez. No busca la paz del espectador apacible, sino la danza del guerrero espiritual. Es el sonido de la gaita que, en su rústica simplicidad, despierta los instintos más profundos del universo. Schopenhauer usa el sonido para apagar el fuego de la voluntad, Nietzsche por su parte arroja la música sobre la hoguera humana para encenderla. La vida adquiere su justificación estética solo cuando se convierte en música, cuando el devenir se transforma en melodía y el sufrimiento humano se integra como una disonancia necesaria dentro de la gran sinfonía.
La Columna de la Armonía y el Nacimiento del Egregor
En mi opinión, estas dos corrientes estéticas, lejos de anularse, encuentran su síntesis operativa y viva en los trabajos masónicos. En el espacio sagrado del Templo, delimitado por el silencio, la música deja de ser un hecho puramente estético para convertirse en una fuerza edificadora. A través de la figura del Hermano Armónico y la activación musical, la Logia se transforma en un entramado metafísico donde sístole y la diástole operan con precisión.
El inicio de los trabajos masónicos exige, como condición indispensable, el despojo de profano: el abandono de las pasiones, los prejuicios y las discordias del mundo físico. Aquí es donde se manifiesta, en todo su esplendor, la diástole schopenhaueriana: la música actúa como disolvente del egoísmo. Los hermanos sentados en sus respectivas columnas, escuchan el mismo acorde, sintonizan sus latidos en una idéntica frecuencia respiratoria. El «principio de individuación» comienza a desmoronarse. Las mentes individuales de los iniciados se abren, se expanden y se entregan a la contemplación de los Augustos Misterios. El aire del Templo se satura de un silencio musicalizado que aquieta el ruido del intelecto, unificando los corazones en un «sujeto colectivo».
Es en este estado de receptividad sagrada, de vacío creador, donde se gesta el egregor: una entidad psíquica, corriente de fuerza sutil nacida de la focalización espiritual de la asamblea. El egregor no es una abstracción conceptual, sino una presencia real, una columna invisible que se levanta en el centro de la logia para unir lo terrenal con lo trascendente.
Pero para que este egregor adquiera potencia y se convierta en una fuerza operativa capaz de transformar al iniciado y, por extensión, a la humanidad, no basta con la contemplación pasiva. Se requiere la fuerza dinamizadora de la sístole nietzscheana. La música de las marchas rituales, las cadencias de los golpes y el ritmo de los pasos concentran la energía dispersa. Es el cebador dionisiaco que inyecta vigor y sacude la apatía. El egregor, unificado previamente por la diástole, es ahora tensionado y proyectado por la sístole hacia el trabajo de la Gran Obra. La fraternidad deja de ser un concepto moral y se convierte en una experiencia biológica y espiritual: los hermanos marchan al mismo compás, sienten el peso del universo bajo el mismo acento musical y transforman la fuerza acumulada en voluntad creadora. La música masónica realiza así la síntesis perfecta: disuelve al hombre profano a través del regocijo del alma, y da nacimiento al hombre iniciado a través del impulso de la acción sagrada.
Octavio Paz nos dice que la poesía -hermana gemela de la música- es la búsqueda de la fijeza en medio del movimiento, un intento de reconciliar los opuestos que nos desgarran. Del mismo modo, la música se revela como el puente que une el nadir de Schopenhauer con el cenit de Nietzsche: el latido del universo no cesa.
La identidad de la música en el Templo y en la vida misma es una sola: la manifestación de lo no consciente que recrea incesantemente el cosmos. Cuando los hermanos se reúnen en silencio a escuchar están repitiendo el gesto de la creación primordial. Elevan una columna invisible de armonía que desafía la gravedad de la materia y la decrepitud del tiempo. Cada acorde nos recuerda que el universo es inconmensurable, y también que somos sus herederos legítimos. Que la vida, rescatada de sus errores y despojada de sus tiranías, es un himno eterno que busca, desesperadamente y en cada latido, volver a escucharse a sí mismo.
Referencias Bibliográficas
- El Mundo como Voluntad y Representación (2022). Arthur Schopenhauer, traducido por Pilar López de Santa María. Editorial Trotta.
- El Crepúsculo de los ídolos o como se filosofa a martillazos (1889). Friedrich Nietzsche, traducido por Andrés Sánchez Pascual (2012). Alianza Editorial.
- El arco y la Lira (1956). Octavio Paz. Editorial Fondo de Cultura Económica.
- La intuición creadora en el arte y en la poesía (2004). Jacques Maritain. Editorial Biblioteca Palabra.
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