In eminenti apostolatus specula. 

Redacción Logia Renacimiento

Escrito por

Redacción Logia Renacimiento

27 de septiembre de 2026
4 min de lectura

El 28 de abril de 1738 la Iglesia Católica, bajo el mandato del papa Clemente XII publicó: In eminenti apostolatus specula. Este documento no debe verse solo como un decreto administrativo, sino como un acto de defensa de un mundo que estaba dividido. La «eminente atalaya» desde la que el papa observaba la realidad se basaba en la idea de que solo hay un tipo de conocimiento y una única verdad revelada. La bula inicia un sistema represivo que buscaba proteger la ortodoxia de un fenómeno emergente: la masonería especulativa. El lenguaje de la bula, lleno de jerga legal medieval, no trataba a la masonería como una escuela de pensamiento, sino como un «conventículo» de maldad.

Desde la perspectiva vaticana, el pecado original no era la fe sino la forma de actuar. Clemente XII identificó con precisión los pilares masónicos que amenazaban la autoridad institucional: el secreto como protección del pensamiento independiente, el juramento como un lazo de fraternidad que ignoraba al sacerdote como intermediario y, sobre todo, el indiferentismo religioso. Filosóficamente, la condena al indiferentismo implica un rechazo al pluralismo. Para el Vaticano, la idea de un «Gran Arquitecto del Universo» como una abstracción que permitía el encuentro entre personas de diferentes creencias, representaba una disolución del dogma. La bula entonces, fue un intento de recuperar el control sobre la conciencia individual, estableciendo los límites donde la libertad de pensamiento comenzaría su prolongada lucha contra la autoridad impuesta. 

La coerción de In eminenti fue una clara manifestación del poder temporal de la Iglesia. Al invocar el «brazo secular» el Papado reconoció que su autoridad espiritual ya no era suficiente para frenar la disidencia intelectual. La excomunión latae sententiae impuesta a los masones no era solo un castigo espiritual; era una condena a muerte civil. La vida del masón en la Europa del siglo XVIII estaba bajo la vigilancia constante de la Inquisición, que transformaba el anatema en arrestos, confiscaciones y persecuciones. Desde un punto de vista laico, este uso de la fuerza revela la debilidad de las instituciones dogmáticas frente a nuevos espacios de sociabilidad. La masonería al proponer un modelo de hermandad basado en la igualdad y no en la jerarquía, desmanteló el contrato social que la Iglesia había sostenido durante siglos. La bula no planteaba un debate, era una orden de desalojo. Sin embargo, la historia demostró que la coerción suele ser el desencadenante de la radicalización. 

Al excluir a los masones del tejido social católico, la Iglesia obligó a la masonería a convertirse en el motor ideológico de las revoluciones republicanas y del laicismo moderno, transformando al perseguido en un constructor de la modernidad política. La persistencia de esta condena durante casi tres siglos, ratificada por varios papas hasta la era contemporánea, revela un conflicto que va más allá de lo teológico y entra en el ámbito de la ética política. La encíclica Humanum Genus de León XIII (1884) profundiza en los temas de Clemente XII y muestra la división: dos reinos en conflicto. Por un lado una visión basada en la sumisión al orden divino mediado por una jerarquía; del otro, un ideal ilustrado que afirma que el ser humano es responsable de su propia moral. 

Albert Pike al defender la masonería ante tales encíclicas, no buscó la reconciliación sino la libertad. Su argumento es la base del pensamiento masónico moderno: la verdadera religión es la búsqueda constante de la verdad y esta no puede ser monopolizada por ninguna institución. La libertad de pensamiento, la educación laica y la separación entre lo público y lo privado son los frutos de una lucha que comenzó en 1738. 

Hoy la coerción física de la bula es un vestigio histórico, pero su relevancia intelectual sigue viva. La masonería al mantener sus puertas abiertas a quienes tienen una conciencia libre y son de buenas costumbres, se opone a la exclusión. El conflicto ya no se libra en los tribunales de la Inquisición, sino en el campo de la cultura: la elección entre refugiarse en el dogma o tener la valentía de pensar críticamente. En última instancia la historia de la bula nos recuerda que cualquier intento de cerrar la mente humana a través de prohibiciones solo logra ampliar los horizontes de quienes se atreven a buscar la luz por su cuenta. La libertad no necesita el permiso del dogma: solo necesita la voluntad de reconocer, en la diversidad del otro, la semejanza de la propia búsqueda humana.

Carlos Valeri.

El contenido de cualquier artículo, y/o material de correo adjunto es la opinión, o las opiniones de los autores, y no es de manera alguna interpretado como de la autoridad Francmasónica en General o de una Logia en particular, o la Francmasonería Universal, tampoco significa la opinión de la Gran Logia de la República de Venezuela. Cada autor contribuye, y es su propia opinión. Pues los conceptos emitidos no son de portavoces oficiales de la Gran Logia de la República de Venezuela.

¿Te gustó este artículo?

Compártelo con tus hermanos y amigos

Comentarios (0)

No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *