​El Caballero de Ramsay y la mítica caballeresca de la francmasonería

Franklin Higuerey

Escrito por

Franklin Higuerey

2 de octubre de 2026
5 min de lectura

Hacia la década de 1730, la francmasonería especulativa experimentaba una rápida expansión por el continente europeo, especialmente en Francia. Sin embargo, el relato fundacional importado desde las islas británicas a través de las Constituciones de James Anderson (1723) presentaba un severo anacronismo sociológico frente a las estructuras del Antiguo Régimen: vinculaba los orígenes de la institución a los gremios de constructores, canteros y artesanos medievales.

​ Como bien advertiría Norbert Elias en sus estudios sobre la sociedad cortesana, en un orden estamental regido por la etiqueta, la distinción aristocrática y la pureza de linaje, resultaba inconcebible que príncipes, militares de alta alcurnia y magistrados se congregaran bajo una simbología prestada del trabajo manual. La nobleza ilustrada no buscaba identificarse con la plebe gremial, sino consagrar espacios de prestigio acordes a su rango.

​La figura que resolvió esta fricción estructural fue Andrew Michael Ramsay (1686–1743), intelectual escocés, discípulo de Fénelon y preceptor en la corte jacobita en el exilio. En su célebre discurso pronunciado ante la Gran Logia Provincial de Francia en 1736, Ramsay ejecutó una audaz operación mitológica: despojó a la orden de su exclusividad operativa para atribuirle una genealogía nobiliaria, cristiana y caballeresca.

​Ramsay sostuvo que la francmasonería no había nacido en los andamios de las catedrales medievales, sino en Tierra Santa durante la época de las Cruzadas. Según su tesis, los príncipes y señores cruzados decidieron restablecer los templos sagrados bajo signos y palabras de pase compartidas, fundiendo en su doctrina las virtudes de la caballería y los principios del cristianismo:

​«Nuestros ancestros, los cruzados, quisieron reunir en una sola fraternidad a los hombres de todas las naciones (…) Nuestros misterios no son, pues, un juego pueril, sino una institución venerable fundada para restaurar las ciencias y las virtudes de los antiguos».

Bajo esta nueva narrativa, las herramientas operativas (la llana, la escuadra, el compás) mutaron en alegorías de una arquitectura moral y bélica: se trataba de erigir templos cívicos empuñando un mazo con una mano y la espada con la otra. Ramsay articuló el ideal masónico alrededor de cuatro virtudes cardinales: la filantropía universal, una moral intachable, la inviolabilidad del secreto y la afición a las ciencias y artes liberales.

​En términos de Jürgen Habermas, este discurso dotó de un blindaje honorífico al surgimiento de la incipiente esfera pública. Las logias comenzaban a operar como espacios de sociabilidad privada donde hombres de diversa procedencia deliberaban en igualdad moral; Ramsay vistió esa horizontalidad burguesa con los ropajes de la caballería para hacerla admisible ante los ojos del absolutismo.

La refundación mítica articulada por Ramsay no obedeció a una mera inquietud retórica, sino a las urgencias políticas de un actor inmerso en las tensiones más sensibles de su tiempo. Por un lado, al presentar a la hermandad como una orden de cruzados cristianos, Ramsay buscaba desarmar las suspicacias del cardenal Fleury y la policía de Luis XV, quienes observaban con alarma la proliferación de asambleas secretas de filiación británica en suelo francés. Por el otro, en su condición de ferviente partidario de los Estuardo en el exilio, intentaba disputar la primacía simbólica a la Gran Logia de Londres, desplazando el origen de la institución hacia la tradición caballeresca escocesa para restar legitimidad al régimen hannoveriano y a la facción whig. En este juego de equilibrios, el secreto masónico adquirió una dimensión crucial: como bien demuestra Reinhart Koselleck en Crítica y crisis, la discreción juramentada no constituía una extravagancia esotérica, sino el mecanismo indispensable mediante el cual la sociedad civil sustraía un espacio de deliberación y autonomía ética frente al absolutismo monárquico y la censura eclesiástica.

Ramsay, convertido al catolicismo, aspiraba a que la Santa Sede viera en esta renovada orden caballeresca un bastión de moralidad afín a los principios cristianos. No obstante, siguiendo el análisis de Max Weber sobre las formas de dominación y autoridad, la Iglesia de Roma no podía tolerar la conformación de una orden que pretendiera detentar una legitimidad moral autónoma al margen del monopolio sacramental y sacerdotal. La fraternidad interconfesional que promovían las logias y el juramento de reserva absoluta resultaban intolerables para la teocracia tradicional.

​La maniobra conciliadora de Ramsay fracasó ante el celo eclesiástico: apenas un año después de la difusión de su discurso, el papa Clemente XII promulgaba la bula In Eminenti Apostolatus (1738), inaugurando la larga cadena de condenas pontificias que se extenderían hasta el siglo XIX (con bulas como Ecclesiam a Jesu Christo y encíclicas como Humanum Genus, Adjuntar Link del artículo Masonería Vs Iglesia).

​Aunque el Discurso de Ramsay no aludió de forma expresa a la Orden del Temple – mencionando más bien a los Caballeros de San Juan de Jerusalén y a las órdenes de Tierra Santa – , su narrativa abrió las compuertas para que el imaginario templario colonizara la masonería continental.

​Durante las décadas posteriores, las logias francesas y germánicas radicalizaron su tesis: si la fraternidad descendía de la nobleza cruzada, los tres grados del oficio (Aprendiz, Compañero y Maestro) resultaban insuficientes. Surgió así la vasta arquitectura de los Altos Grados, que daría origen al Rito Escocés Antiguo y Aceptado y al Rito Escocés Rectificado, donde la leyenda del refugio clandestino de los templarios en las tierras escocesas tras la purga de 1307 se convirtió en dogma ritual.

​En conclusión, el Caballero de Ramsay no fue el creador de la masonería escocesa de altos grados, pero comprendió el contexto estamental de su tiempo y le otorgó una carta de nobleza intelectual y simbólica. Al transformar el mazo del artesano en la empuñadura de la espada, permitió que la institución sobreviviera a las suspicacias del antiguo régimen y sembró las bases filosóficas de una tradición que, al postular la autonomía de la conciencia moral frente al dogma, terminaría chocando de manera inevitable con los cimientos del Estado confesional y las monarquias absolutistas.

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